RMS: REMITAMONOS A LOS HECHOS
Oscar Abril Ascaso
RMS es el nombre que recibe mi trabajo dentro del, por así decirlo,
ámbito del paisaje sonoro. Cabría señalar, sin embargo, que, a lo largo
de estos años, he preferido siempre utilizar la definición de documento
sonoro para ello. Una puntualización semántica entre paisaje y
documento que, conjuntamente al resto de las motivaciones de mi
trabajo, intentaré exponer en el articulo siguiente. Sin embargo, antes
de entrar en eso, me gustaría situar a RMS en el entramado de mis otros
desarrollos sonoros. Un entramado que globalmente denomino como oaa
soundworks.
oaa soundworks
A principios de la década de los noventa empecé a interesarme
paulatinamente por la naturaleza de nuestra experiencia frente a los
fenómenos sonoros que coexisten junto a nosotros en nuestras sociedades
urbanas contemporáneas. Mis conocimientos sobre el tema eran - lo siguen
siendo - manifiestamente escasos y mis referentes históricos
prácticamente inexistentes. Sin embargo, tengo la impresión de que ello
me permitió avanzar en ese campo desacomplejadamente, incluso, con una
fructífera ingenuidad. Así, sin una especial proyección pública, casi de
manera anónima, el curso de estos trabajos ha ido tomando forma durante
una década bajo tres lineas de actuación simultaneas, bautizadas como
MRP, LTM y RMS. Todas ellas estrategias diferentes de aproximación a
esos fenómenos sonoros pero que mantienen en común una política práctica
y participativa de instrumentalización de algunas de las herencias
históricas del arte sonoro del siglo xx.
MRP (Metareference Projects) es, cronológicamente, la última de esas
estrategias. Inaugurada en 1998, MRP es un laboratorio de investigación
de las posibilidades metareferenciales que pueden darse en ciertos
fenómenos sonoros. En MRP juega un papel fundamental mi actual interés
por los Museos de la Ciencia. Supongo que para entender la gestación
del MRP LAB cabría señalar la visita que, durante el verano de 1998,
realicé a la Cité des Sciences et de l Industrie de Paris, y, en
particular, a su departamento de sonido. Ese didactismo lúdico y
transparente me resultó fascinante. Y ese es, precisamente, el objetivo
de MRP LAB, la demostración de algunas propiedades elementales de
ciertos fenómenos sonoros a través de diversos experimentos,. Como esos
juegos infantiles que reunen en una caja experimentos científicos
básicos, los experimentos del MRP LAB son de una extrema y premeditada
simplicidad. Por poner un ejemplo, MRP nº 2 (performance
metareferencial):
MRP Nº 2 analizó las posibilidades metareferenciales del discurso oral,
es decir, su metadiscursividad. La performance consistió, sencillamente,
en explicar que la performance en sí era el propio acto de explicarla.
Por lo tanto, en Performance Metareferencial, explicar el mecanismo de
la acción era hacerla y viceversa. Bajo ese objetivo, los miembros del
público se explicaron uno a uno al oído el contenido de la acción, como
un mensaje secreto. La performance finalizó cuando todos los miembros
del público se habían transmitido la comunicación y el último
participante informó publicamente del contenido de la misma. A
continuación, este mensaje final se comparó con el que había sido el
mensaje original que inició la transmisión .
Paralelamente, desde 1995, LTM (Low-Tech Music) es mi catálogo de música
de acción. A través de él, he intentado resituar las posibilidades de la
música de acción, en los términos en que la desarrollaron los artistas
fluxus en la década de los sesenta, como vía de acceso a los fenómenos
sonoros presentes en nuestra experiencia cotidiana. LTM es un ejercicio
de ejecución de algunos de esos fenómenos (provocar el sonido de un
secador, de una máquina tragaperras o de un juego de llaves cayéndose al
suelo) pero descontextualizados de su matriz significativa habitual (el
contexto del que toma su significado psicosociológico) y presentizados
en un marco espectacular (ante un auditorio). Un ejemplo, Low-Tech Music
nº 16 (pieza para fax):
La pieza consiste en el envio de un fax a determinadas instituciones,
asociaciones culturales y domicilios particulares elegidos previamente.
En su uso habitual, la señal acústica del fax nos avisa de la recepción
de un mensaje. En esta ocasión, el mensaje recibido avisa de la voluntad
de haber querido provocar el sonido de esa señal acústica en las
direcciones escogidas. De este modo, el mensaje recibido se convierte en
el mero programa de mano del concierto que acaba de ser llevado a cabo,
el de esa reconocible tonada de notas musicales que caracteriza a la
señal acústica de un fax. Me interesa socavar la función semiótica de
los sonidos que configuran el mapa audible de nuestra cotidianidad,
despojándolos de su utilidad convencional. Me interesa, también, la
utilización del fax como instrumento sonoro. Y me atrae, como negarlo,
la posibilidad de ejecutar un sonido en un espacio privado sin la
necesidad de hallarme físicamente en él.
En ese simple desplazamiento, el fenómeno sonoro pierde su indice
significativo y deviene mero objeto sonoro. LTM despliega, en su
recontextualización espectacular, esa misma suspensión del significado
del sonido concreto de raíz husserliana presente ya en Schaeffer. Sin
embargo, mas allá de su manifestación performántica, el objeto final de
LTM es constituirse en un catálogo de posibilidades sonoras a
disposición de su usuario. En otras palabras, así como el modelo de MRP
son los Museos de la Ciencia, LTM tiene como referente los manuales de
uso de los artículos tecnológicos de consumo. Por lo tanto, el Manual
LTM es un catálogo de posibilidades sonoras, en su extrema sencillez, al
alcance de cualquiera.
Por último, RMS (Ready-Made Sounds) fue la primera de mis lineas de
trabajo. Iniciada a principios de los noventa, a través de ella me salía
de los márgenes de la composición e interpretación musical y empezaba a
interesarme por los fenómenos sonoros dados. En particular, por aquellos
que se encontraban en mi experiencia urbana inmediata. Así, sin un
objetivo claro, empecé a recopilar los registros que iba realizando. Sin
embargo, sí de algo estaba seguro es de que el afán que me movía era el
de un documentalista, no el de un coleccionista. Por ello, sí había una
pauta a seguir en RMS era la fotografía. Pero la fotografía documental.
Nunca el paisajismo pictórico.
Remitámonos a los hechos.
Para comentar la evolución de RMS me gusta referirme a una anécdota. Las
anécdotas son, a menudo, mas ilustrativas que los planteamientos y dejan
al descubierto maliciosamente, en su interponerse abruptamente en el
curso de lo previsto, los resortes de los hechos.
En una ocasión, me dispuse a registrar el sonido de un viaje de metro
desde la estación de Catalunya hasta Fontana, en Barcelona. Un trayecto
habitual para mi. Una vez cumplido mi objetivo, regresé a mi casa con el
fin de comprobar el resultado. Sin embargo, cuando estaba escuchando la
grabación, sucedió un hecho curioso. En el momento en que, en el curso
de la escucha, oí grabada la voz anunciando que la próxima estación era
la parada donde suelo apearme, me levanté automáticamente de la silla en
la que estaba sentado en mi habitación. Es decir, motivado por esa señal
acústica, me comporté como sí estuviese todavía en el vagón del metro.
Ese acto absurdo contribuiría a que empezase a interesarme
específicamente en la manera a como ciertos fenómenos sonoros no tan
solo arropan sino que, de hecho, vehiculan una parte de nuestra
experiencia cotidiana.
Un poco antes, había empezado a realizar grabaciones extraídas de mi
propia experiencia vivencial ( el sonido de una conversación familiar,
de la lavadora de mi casa, etc.). Las grabaciones que hice durante los
primeros años de la década tenían siempre una connotación
autobiográfica, como las fotografías de una álbum personal. Un vínculo
emocional que quedaría ampliamente retratado en un artículo que
publiqué sobre mis paisajes sonoros titulado El Eco Demoníaco (L Or i
la Ciutat , número 2, Mataró, 1993).
A partir de la grabación de metro, sin embargo, comencé a cambiar la
dirección de mis registros. Desde ese momento, empecé a realizar
grabaciones mas impersonales, centradas en la experiencia auditiva común
con mis conciudadanos. Así, empecé a registrar documentos sonoros de mi
entorno urbano ( el sonido de una sala de máquinas recreativas, de unos
grandes almacenes, de un bar, etc. ). Por otro lado, evitaría
inmiscuirme en el contenido de los documentos sonoros (mas allá de la
inevitable responsabilidad de escoger un espacio-tiempo determinado de
registro) para captar aquello que podríamos definir como sonidos
ya-hechos. Por ello, con el tiempo, empecé a considerar la posibilidad
de definir a estos trabajos como Ready-Made Sounds , que es como me
habían traducido al inglés el título de un artículo sobre arte sonoro
que acababa de publicar ( Los sonidos encontrados, catálogo Alter
Músiques Natives, Barcelona, 1995). Cabe decir que un artista amigo
mio, Lluis Alabern, me desaconsejó entonces utilizar esta terminología
evidentemente duchampiana porque lo encontraba poco personal. Un
argumento que, precisamente, acabó por convencerme para hacerlo.
Así cuando, en en el año 1997, empecé a hacer una programa semanal de
radio en la emisora independiente Radio Pica dedicado, exclusivamente, a
la divulgación de mis documentos sonoros, lo titulé, efectivamente,
Ready-Made Sounds. El objetivo del programa era sencillo, propiciar el
hecho de que cualquier oyente pudiese escuchar el sonido de una playa o
de una estación ferroviaria sin moverse de su propia habitación. Había,
también, en todo ello una voluntad de interacción entre la órbita social
de lo público (el contenido de los documentos sonoros) y de lo privado (
el contexto de audición de los mismos) que me resultaba atractiva. Con
una periodicidad semanal, cada edición mostraba dos documentos sonoros
de treinta minutos cada uno. El medio radiofónico se me presentó como un
vehículo perfecto para mis propósitos pero, lamentablemente, el programa
no duró mucho.
A pesar de ello, el siguiente paso estaba claro. Aquel mismo año comencé
a trabajar en el proyecto RMS Room (Ready-Made Sounds Room, habitaciones
de sonidos ya hechos), un proyecto de habilitación de espacios para la
audición de documentos sonoros. El referente de los chill out en los
clubs de música electrónica , espacios dirigidos a la relajación por la
vía auditiva , era evidente. De hecho, había leído en un artículo que en
los Estados Unidos, algunos clubs de música electrónica programaban ya
paisajes sonoros en sus audiciones. Así que me decidí a llevar a término
aquí un trabajo indefinidamente en curso de instalación de RMS Rooms
allá donde me fuese posible. Desde entonces, los programas de cada RMS
Room son siempre documentos sonoros registrados en el mismo marco
geográfico donde se halla el espacio. De este modo, el visitante es
invitado a pasar de oir a escuchar unos sonidos pertenecientes a su
propia realidad cotidiana ordinaria.
Experiencia versus experimentación
Esa voluntad de exposición de documentos sonoros pertenecientes a la
experiencia auditiva cotidiana del oyente responde, sin duda, a una
motivación fundamental en mi trabajo. Aquello que mas me interesa es lo
que sucede en el ámbito del espectador, allá donde se inserta la propia
estrategia de uno. En ese ámbito es donde se sitúa, precisamente, el eje
gravitatorio de mi trabajo, no en la obra. Evitemos, pues, su
fetichización.
Un RMS no es mas que un documento sonoro registrado en un contexto
preestablecido ( una calle, un mercado, unos grandes almacenes, etc. )
, con una duración similar ( de entre veinte a treinta minutos) y sin
manipulación posterior ninguna. Por así decirlo, el único filtrado al
que debe verse todo RMS irrevocablemente sometido es al que interpone el
propio sistema tecnológico con el que se realiza ( una grabadora
doméstica en los inicios, un DAT en los últimos años ).
En otras palabras, RMS no aporta nada a la Historia del Paisaje Sonoro.
No representa una inflexión con la que abrir a título personal un nuevo
capítulo en la dialéctica del arte sonoro contemporáneo. Porque de la
misma manera a como no me interesa la experimentación formal con un
material sonoro determinado, tampoco me interesa la experimentación
metadiscursiva con esa dialéctica. Antes al contrario, RMS se sirve (al
igual que LTM para con la música de acción) de lo que podríamos
denominar como un histórico dado, de una estrategia adquirida (el hecho
de utilizar una terminología tan claramente duchampiana para definir
este trabajo debería ser ya suficientemente elocuente de su ánimo).
Porque, digámoslo de una vez (sí es que queda alguien que no lo haya
advertido a estas alturas), mis capacidades creativas no tienen interés
ninguno. No soy un compositor. No me interesa la experimentación
creativa ni me veo en la necesidad de dar una re-interpretación de lo
dado. Me interesan, en cambio, las posibilidades experienciales que sea
capaz de generar mi trabajo. Por ello, los diversos documentos sonoros
que pueda llegar a registrar no son tan relevantes en sí mismos como en
sus efectos. Y por eso mismo, la complejidad compositiva de los RMS es
irrisoria, reducida al simple acto de la elección de una determinada
secuencia de registro (generalmente, resuelta sin demasiadas
inquietudes).
Mis disculpas ante críticos y sellos discográficos pero me temo que mi
compromiso no es con ellos. Aquello que me interesa no es la
experimentación sino la experiencia. No el autor sino el receptor. Y
algo me dice que, atendiendo a lo que pasa en ese ámbito del oyente,
los grados de experimentación de una obra y de experiencia que genera
son, a menudo, inversamente proporcionales.
RMS se ofrece como un instrumento de intensificación de nuestra
experiencia auditiva cotidiana, la enfatización de una periferia
ontológica. Sin embargo, será de recibo señalar que aquello que
encontramos en RMS no es una suspensión husserliana de los sonidos
concretos sino, precisamente, su estrategia inversa. Esa estrategia de
suspensión fenomenológica del sonido, defendida por Schaeffer desde los
postulados de su música concreta, es la que desarrolla, precisamente,
LTM. Por eso, RMS y LTM son estrategias opuestas. La estrategia de RMS
es, en cambio, la pervivencia de esos sonidos en un contexto relacional
aprehensible por el oyente. RMS es, pues, anti-husserlianismo y, por
ende, anti-schaefferiano. Por ejemplo, en el acto de reconocer a través
del RMS de una cafetería el sonido de las tazas, de la máquina
registradora, del hilo musical, etc.
Por ese mismo motivo, los RMS son ordinarios. No exóticos. No muestran
paisajes sonoros ajenos a la experiencia rutinaria del oyente potencial
sino que, precisamente, remiten a su mera cotidianidad y le instan a una
concienciación expandida de la presencia de los fenómenos sonoros que la
constituyen. En otras palabras, a través de su exposición, todo RMS va
mas allá de su cualidad como depósito de memoria ( como documento de
unos sonidos, siempre circunscritos a un periodo histórico efímero,
fijados en un soporte tecnológico ) para dirigirse al presente de su
experiencia auditiva y a la proyección de esta como incentivo de
transformación de nuestras capacidades perceptivas en el futuro. A mi
entender, lo que podríamos denominar como un factor de distancia mínima,
histórica y geográfica, entre el lugar de registro del documento sonoro
y el lugar de su exposición pública es decisivo para ello.
Por ello mismo, para anular toda posibilidad de experiencia deberíamos
recurrir a lo que definiríamos como un factor (geográfico) de distancia
cero, es decir, a una estrategia de exposición del documento sonoro en
el mismo contexto en el que ha sido registrado (por ejemplo, reproducir
en unos grandes almacenes un documento sonoro registrado en esos mismos
almacenes un día antes). Esa es la política, precisamente, de los Non
Distance Ready-Made Sounds del MRP LAB bajo los cuales experimento,
precisamente, con estrategias de anulación de toda experiencia sonora.
Por el contrario, en esa mínima desviación entre el lugar de registro y
el de exposición en las RMS Room, en ese desplazamiento menor, en ese
"decalage", se abre una grieta que deja abierto un espacio fértil para la
experiencia.
La idiotez da experiencia
La pregunta que cabría hacerse es bajo que mecanismo el hipotético
oyente puede llegar a implicarse en la audición de unas grabaciones que
no parecen prometerle ningún interés ( como hemos dicho, secuencias
integrales de contextos sonoros que oye a diario, sin misterio ni
aditivos). Mi respuesta a esa cuestión es la idiotez. Ciertamente, sí
este es un trabajo idiota es porque reclama, a su vez, de una actitud
idiota por parte del oyente. La actitud idiota del recién nacido
fascinado por los fenómenos que le rodean, una pasión por lo
concreto.
En las reflexiones deleuzianas recogidas por Jean-Clet Martin, la
idiotez es ese entregarse a lo concreto, la capacidad de atender a lo
que es obvio. Y si lo concreto puede despertar al idiota en nosotros es
porque su multiplicidad nos desborda a cada instante. Lo concreto es una
multiplicidad de concreciones. Es algo compacto, espeso, un condensado
que, siguiendo la etimología latina de concrettio, experimenta una
concentración.
La idiotez, la imposibilidad de captar las razones de ciertas
concreciones, es, entonces, una pasión de lo concreto sin la cual no
habría concepto. El concepto necesita de lo idiota para realizarse,
necesita de volver a encontrar las dificultades que encuentra el idiota
fascinado por la singularidad de una cosa o de un acontecimiento. Tener
dificultades, o mas bien estar en dificultades, es la posición del
filósofo metido hasta el cuello en los pormenores de lo concreto. Lo
concreto, pues, es la condición de posibilidad de la filosofía y, por
tanto, de los conceptos que está inducida a crear.
Pues bien, si bien el concepto necesita de la idiotez para realizarse,
la experiencia requiere igualmente, desde mi punto de vista, de esa
idiotez para darse. Por ello, es en ese entregarse a lo concreto del
idiota donde residen los márgenes de la experiencia que RMS propone.
Idiotez para atender a ese enzarzamiento de singularidades sonoras que
pululan en un contexto espacio-tiempo de manera vegetal. En la
exposición de los RMS se halla, pues, la idea de acontecimiento acústico
como concentración de singularidades sonoras, no como espectro de una
composición ( producida por el designio de un músico endiosado o de un
Dios musical ).
Por ello, esa experiencia, nacida de una escucha idiota, errante, no
puede ser sublime ni trascendental. No puede ser, en suma, la
experiencia del Romanticismo ante una naturaleza desbordante. La idiotez
da experiencia. Pero la experiencia que da esa actitud idiota no
metaforiza el ser del acontecimiento sino que lo devuelve a su marco
empírico. Tal que así funciona un RMS. Reconocemos el contexto de la
grabación pero las singularidades sonoras que contiene nos son
desconocidas hasta que las vamos identificando en su aparecer en la
escucha.
Contra el objeto
Por supuesto, esa suerte de reconocimiento presente en la audición de
todo RMS no es la que opera frente a las cosas empíricamente dadas en
nuestro contexto fenomenológico. Efectivamente, en el reino de las
visibilidades rigen los participios. Las cosas son. En cambio, en el
campo de las sonoridades acontecen los gerundios. Ese sonido que está
sonando. Por ello, las RMS Room no dejan margen a criterios de
visibilidad. Las RMS Room, en su propuesta de modificación de nuestro
horizonte perceptivo, reclaman de una total oscuridad, de la
imposibilidad de visualizar ninguna cosa. De alguna manera, RMS Room
acerca al oyente a la ciudad de sus paisanos invidentes, a la existencia
de un mundo que bajo la videncia parece dejar de existir. Como sabemos,
esa limitación en las posibilidades de visión se traduce, en el mundo de
la invidencia, en un entender tocar como sinónimo de ver. Sin embargo,
escuchar es ya, de alguna manera, una experiencia táctil, la de unas
vibraciones que nos acarician el tímpano. Y una caricia necesita del
movimiento para ser lo que es, necesita conjugarse en gerundio. Atender,
pues, a esta experiencia táctil que nos ofrecen los sonidos del mundo es
comenzar a ver la realidad con unos ojos diferentes.
La pregunta última que cabría hacerse es cual es el objetivo final de
todo ello. Un ensanchamiento de la vida, aspirar a una mutación
antropológica, una política de desjerarquización de los momentos
acústicos inferiores y superiores, un triunfo postmarxista sobre la
banalización burguesa de lo cotidiano? Evitemos perdernos en la
superestructura. Remitamos a los hechos.
RMS se nutre, como todo oaa soundworks, de una voluntad de expolio de
algunos de los bienes acontecidos en el interior de los desarrollos de
la música contemporánea para su socialización. En otras palabras, de
desenraizar ciertas rupturas creativas del enmarañamiento metadiscursivo
en el que algunos las pretenden preservar para instrumentalizarlas a un
nivel colectivo. Por ello, esos planteamientos deben ser puestos en
movimiento, deben dejar de ser el patrimonio cosificado de una élite
erudita. Curiosamente, algunos indicios parecen señalar ciertos cambios
en la capacidad de aceptación de este tipo de propuestas sonoras por
parte de un público cada vez mas amplio. Desde mi punto de vista, en los
últimos años, la popularización de la música electrónica ha contribuido
a fomentar un sentimiento de familiaridad, al que la revolución del
sampler no es en absoluto ajena, hacia la apropiación sistemática y el
uso de materiales sonoros de diversa procedencia. Por así decirlo, los
ecos del arte de los ruidos de Russolo o de la música concreta de
Schaeffer resuenan hoy entre las masas.
Y es en este campo abonado donde, a mi entender, se abren ciertas
condiciones propicias para el acercamiento a esa periferia ontológica
que son los sonidos del mundo. Pero para ese salir a su encuentro, se
hace necesario, previamente, cuestionar la primacía de nuestras
percepciones visuales como vía de acceso a lo empíricamente dado. Ese es
el contexto desde el que cabe entender a RMS como proyecto. Un proyecto
llamado a sumarse a la diversas políticas existentes actualmente contra
un objeto, que en su reiterada mercantilización, parece haber agotado
sus posibilidades de generar ya ninguna experiencia.
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